Los murmullos de los invitados se multiplicaron, algunos asintiendo con aprobación, otros sorprendidos de que hubiera tenido el valor de enfrentarlas.
Darío, que había observado todo desde unos pasos atrás, se acercó y la tomó de la cintura, orgulloso — Así se habla, mi amor — Susurró cerca de su oído — Que todos sepan que ya no estás sola —
Con una sonrisa ligera, Korina alzó su copa y brindó frente a todos — Por un futuro donde nadie nos robe la dignidad ni el amor —
El salón estalló en aplausos, y aunque algunos lo hicieron con sinceridad y otros por obligación, lo cierto era que Korina había marcado su terreno desde el primer instante como esposa de Don Darío.
Farid, que seguía atento a cada detalle, se inclinó hacia Darío — Tiene más carácter del que muchos imaginaban. Y eso, jefe, es lo que más va a molestar a los que no la soportan, es claro que también tienes ese reto —
Darío sonrió de lado, apretando la mano de Korina — Que se acostumbren. No pienso permitir que nadie la