— Hoy es el inicio de mi familia. Y para quienes aún lo dudan: El respeto hacia mi esposa será el mismo que me profesan a mí. Quien no pueda aceptar eso… no tiene cabida en mi círculo —
Un silencio reverencial recorrió el lugar. Murmullos se apagaron y las miradas esquivas se desviaron. Una vez más, Don Darío había puesto orden, confirmando su decisión y demostrando que, en su mundo, su palabra era ley.
Desde la habitación alta de la mansión, Korina observaba en silencio por la ventana, apenas separando un poco la cortina. Había alcanzado a escuchar parte de las conversaciones en el jardín, los murmullos que cuestionaban su lugar y, sobre todo, la voz de Darío, firme, implacable, defendiendo su decisión ante todos.
Su corazón latía fuerte, y al ver el dije en su pecho el As de corazones brillando como recordatorio de lo que había comenzado entre ellos, respiró profundo.
—Ya basta de dudar, Korina… si vas a estar a su lado, será con dignidad, sin aceptar humillaciones nunca más — Se