Heisel tragó fuerte su saliva y debía hablar. Era consciente de que enfrentaba no solo a la esposa de Darío, sino también a la mujer que, de una u otra forma, se había convertido en la piedra angular del nuevo poder.
— Necesito hablar. No con él, ni con Doña Maritza. Contigo — Respondió con firmeza, aunque sus manos se tensaron.
Korina se cruzó de brazos, evaluándola con cuidado. La incomodidad era clara, pero también su curiosidad. Finalmente asintió con un gesto mínimo — No pienso dar espectáculo aquí. Vamos a un café —
Minutos después, estaban sentadas frente a frente en una mesa discreta, lejos de la multitud del casino. El aroma a café recién hecho llenaba el aire, pero la tensión era más fuerte que cualquier fragancia.
Heisel tomó aire antes de hablar — No me interesa seguir el camino de Katty ni de Yerlin. Sé que tarde o temprano se hundirán… y yo no quiero hundirme con ellas —
Korina la escuchó sin interrumpir, su mirada penetrante fija en ella. No había juicio abierto, pero s