El reloj de la mansión marcaba las diez de la mañana cuando Don Darío descendía por las escaleras principales, aún con el ceño fruncido tras la fiesta de la noche anterior. El eco de la música, los comentarios hirientes, la mirada de Korina… todo le golpeaba la mente con un peso insoportable.
Un movimiento en el vestíbulo llamó su atención. Korina, con un bolso mediano en la mano y el cabello recogido apresuradamente, avanzaba con paso decidido hacia la gran puerta de hierro. Sus ojos estaban rojos, pero no de cansancio: De lágrimas contenidas.
El corazón de Don Darío se aceleró. Reconoció de inmediato esa urgencia en su andar: No era una salida cualquiera, no iba solo al pueblo… iba a buscar dónde empezar de nuevo, lejos de él.
— ¡Korina! — Su voz retumbó en la sala.
Ella no se detuvo, solo apretó más fuerte el bolso contra su cuerpo y empujó la puerta.
Don Darío bajó los últimos escalones casi corriendo, con la mandíbula tensa. La alcanzó antes de que cruzara el umbral, cerrando