El reloj de la mansión marcaba las diez de la mañana cuando Don Darío descendía por las escaleras principales, aún con el ceño fruncido tras la fiesta de la noche anterior. El eco de la música, los comentarios hirientes, la mirada de Korina… todo le golpeaba la mente con un peso insoportable.
Un movimiento en el vestíbulo llamó su atención. Korina, con un bolso mediano en la mano y el cabello recogido apresuradamente, avanzaba con paso decidido hacia la gran puerta de hierro. Sus ojos estaban r