Ellos regresaron y durante el mes estuvieron más unidos que nunca. Cada salida, cada mirada y cada gesto de cariño dejaban claro a los demás que Korina ya no era solo una compañía pasajera: Era su mujer.
Don Darío, decidido a proteger lo suyo, demandó a las personas que habían exhibido su intimidad en los medios. Aun así, la furia lo alcanzó cuando, tomando el periódico en una mano, una taza de café terminó estrellándose contra la pared al ver las noticias.
— La odio, es una estúpida — Gruñó al