Él, despierto desde hacía rato, no podía dejar de mirarla. Cada respiración tranquila de ella era un recordatorio de que esa noche había sido real, que al fin la tenía a su lado sin barreras, sin miedos.
Con cuidado, deslizó sus dedos por el cabello de Korina, enredándolos en sus rizos ya casi desechos al ser lacio. Una sonrisa se le escapó al recordar cómo lo había mirado entre la pasión y la confianza, cómo había permitido que la amara sin reservas.
— Eres lo más hermoso que tengo… — Susurró