Doña Teresa le acarició la mejilla — Porque te lo ganaste, mi niña. No por ser esposa de Darío, sino por ser tú. Honesta, sencilla y valiente. Yo quiero irme tranquila sabiendo que este lugar queda en buenas manos —
Las lágrimas se acumularon en los ojos de Korina — Doña Teresa… no sé qué decir —
— No digas nada. Solo cuida este lugar como lo has hecho siempre. Y prométeme que, aunque seas la señora de un hombre poderoso, nunca dejes de ser la muchacha que me sonrió aquel primer día con humildad —
Korina la abrazó fuerte, conmovida — Se lo prometo. Nunca voy a dejar de ser yo —
Doña Teresa cerró los ojos, feliz, mientras murmuraba: — Entonces ya no me queda nada más que agradecerle a Dios por haberte puesto en mi camino —
Korina había regresado con los documentos que Doña Teresa le entregó. Su mente estaba llena de pensamientos, entre agradecimiento, sorpresa y un pequeño orgullo herido. Cuando entró a la oficina privada de Darío en el casino, lo encontró revisando unas carpetas.