El motor del auto rugió suave al salir del garaje. Don Darío no miró atrás; Korina dormía profundamente, ajena a la tormenta que él llevaba dentro. Ajustó el reloj y, apenas cruzó las puertas del casino, uno de sus hombres se le acercó.
—Jefe, todo está en calma… por ahora —Murmuró Julián uno de sus nuevos jefes de seguridad, caminando a su lado.
Don Darío soltó una risa baja, sin humor, sabía que todo era temporal y que la verdadera tormenta esta por empezar.
—La calma siempre es la antesala