El motor del auto rugió suave al salir del garaje. Don Darío no miró atrás; Korina dormía profundamente, ajena a la tormenta que él llevaba dentro. Ajustó el reloj y, apenas cruzó las puertas del casino, uno de sus hombres se le acercó.
—Jefe, todo está en calma… por ahora —Murmuró Julián uno de sus nuevos jefes de seguridad, caminando a su lado.
Don Darío soltó una risa baja, sin humor, sabía que todo era temporal y que la verdadera tormenta esta por empezar.
—La calma siempre es la antesala del infierno, es claro que todo está bien planeado —Respondió, avanzando entre las luces y el murmullo del lugar— Don Miguel cree que puede seguir tocando lo que es mío, hora de dejar en claro a donde pertenece y a dónde se debe quedar —
—¿Korina…? — Intentó decir Julián.
Don Darío se detuvo en seco. Sus ojos, oscuros y afilados, se clavaron en él.
—Korina no se toca. Nunca —Su voz era un susurro peligroso— Y aun así, ese maldito insiste y creeme que no dejaré que se salga con la suya, es mi muj