Farid respiró hondo, como dudando de sí mismo, pero finalmente asintió. Se giró y subió hacia las oficinas. Al entrar, vio a Don Darío con el ceño fruncido, inclinado sobre unos papeles que apenas estaba leyendo.
— Don Darío, está la señorita Heisel abajo —
Él no levantó la vista al inicio, solo respondió seco: — Que se vaya —
— Me insistió en verlo — Agregó Farid, con cierta incomodidad.
Don Darío levantó la cabeza, lo miró fijamente y se puso de pie con un aire amenazante.
Se acercó hasta estar frente a él — Por lo que veo, quieres que la atienda —
— No pierde nada —
El rostro de Don Darío se endureció aún más, sus palabras salieron cargadas de amargura: — Perdí a Korina — Sin decir más, salió de la oficina.
Heisel lo vio acercarse desde la escalera, su corazón se aceleró. Cuando él apareció frente a ella, lo sintió como una sombra que podía aplastarla en cualquier momento. Su mirada era tan dura, tan cargada de odio, que por un instante pensó que realmente podía matarla ahí