Lo ocurrido no dejaba de taladrarme la cabeza. Cuando Gerardo me llamó, diciendo que Esmeralda acababa de ser forzada a entrar a la habitación de Anthony, corrí los quinientos metros que me separaban de ella en menos de tres minutos y, con la universal que siempre llevaba en mi bolsillo de la chaqueta, abrí la puerta de la habitación para encontrarme al desgraciado encima de mi chica, con sus asquerosas manos casi sobre su pecho. La ira que me invadió nunca la había sentido en mi vida y espero