Nos besamos con pasión, tanta que alcanzamos a golpear algunas de las alacenas del depósito y tuvimos que detenernos para confirmar que nadie nos había escuchado. Después de unos segundos de espera, sonreíamos y nos volvíamos a besar para, de nuevo, volver a golpear alguno de los estantes.
—Ya casi van a pasar la transmisión —dije cuando sus fuertes manos me agarraron el trasero—. Te deben estar esperando, ¿no?
Héctor miró su reloj.
—Sí, tienes razón, pero eso significa que no tenemos mucho ti