—¿A qué demonios ha venido? — preguntó Enzo cuando terminó de analizar visualmente al joven ojiazul de arrogante aspecto.
Su respiración era pesada al desagradarle su presencia en el lugar, sin embargo, el otro conservaba una fría calma que lo molestaba más.
Caleb, en silencio y firme en la decisión tomada, bajó su mirada y con sus dos pulgares levantó los dorados seguros del portafolio que descansaba en el escritorio, Enzo arrugó el ceño ante la fría pasividad del chico frente a él.
El rubi