Los días siguientes fueron una rutina.
Leia llevaba a su hijo al colegio, Caleb lo recogía, pasaban la tarde juntos y por la noche lo llevaba a casa, cuando Leia ya estaba ahí. Él sólo se aseguraba que el entrara bien y después se iba, sin saludar o voltear atrás. Para la cobriza ya era común sentir esa presión en cuello y garganta cada que su hijo llegaba diciendo lo bien que se la había pasado y que su papá ya se había ido, que volvería el día siguiente.
Intentaba que no doliera, pero Caleb l