El agua caía con constancia sobre sus hombros, tibia, regular, como si intentara borrar el día sin preguntar si debía hacerlo.
Valeria apoyó las manos en la pared de mármol y cerró los ojos. Dejó que el chorro recorriera su espalda, que el sonido llenara el espacio, anulando por unos segundos cualquier otra voz. El vapor empezaba a empañar el cristal, difuminando su reflejo hasta convertirlo en una silueta sin rasgos definidos.
Necesitaba eso. No verse con claridad.
Pensó en Sofía.
En la fo