Catalina observó cómo el edificio recuperaba su rutina habitual.
No había alzado la voz. No había intentado detenerlos.
Aquella deserción no la sorprendía; pocas cosas lo hacían.
Tomó el teléfono y marcó un número que no figuraba en su agenda.
—Inicien el Protocolo 77 —dijo—. Solo fase uno. Sin movimientos visibles.
Colgó y dejó el dispositivo sobre la mesa.
No era el protocolo que habría elegido.
Pero Valeria Blake llevaba semanas forzando decisiones que nadie más se atrevía a tomar.
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