Cuando Claudia y yo regresábamos hacia la casa, Joaquín apareció justo frente a nosotras, con mi bufanda en la mano.
—Póntela, no quiero que te resfríes —dijo con suavidad mientras me la colocaba él mismo alrededor del cuello.
En ese instante, Ricardo llegó apresurado. Pero no para buscar a Claudia, sino para clavar su mirada en Joaquín con frialdad contenida.
Le devolví la mirada con extrañeza, y él de inmediato se acercó con una sonrisa falsa.
—Carolina, el lago está congelado. Es perfecto par