—¡Ricardo, no! ¡Esa navaja es de utilería! —grité desesperada.
Ricardo se detuvo en seco, mirando incrédulo el cuchillo en su mano. Al comprobar que era falso, bajó el brazo con expresión aturdida.
Claudia, aún en el suelo, soltó una carcajada. Sus ojos brillaban entre lágrimas y locura.
—Carolina... jamás sería tan estúpida como para arruinar mi vida por ti.
Mientras hablaba, su risa se volvía más inestable, más desesperada.
—¡Mírenlos! Dos chicos ricos, supuestamente poderosos, manipulados por