Los meses se habían deslizado como agua entre los dedos. Alba no supo en qué momento el invierno se volvió primavera, ni cuándo las bufandas dejaron paso a las prendas holgadas y los escaparates cambiaron dos veces de decoración. No tuvo tiempo de contarlos, la vida, su vida, con su crueldad exacta, la mantuvo ocupada en cuatro tareas constantes.
Por las mañanas era madre con reloj atado al corazón: preparar desayunos, revisar mochilas, firmar permisos, secar lágrimas pequeñas que a veces no tenían motivo y otras llevaban su nombre.
Luego iba a las filmaciones hasta media tarde, en ese horario dos veces a la semana solía visitar a Lía, observándola desde el cristal tintado. La sala de observación de la clínica no permitía más que una silueta. Lía caminaba despacio, con bata azul, los brazos envueltos en vendas recientes y antiguas, la mirada perdida en un punto que Alba no podía alcanzar.
“Vigilancia constante”, repetían los médicos; “medicación limitada por el embarazo”, le recordaba