El cuchillo brillaba en la penumbra, y los ojos desorbitados de Lía parecían dos brasas encendidas por la locura. Su respiración era entrecortada, jadeante, como un animal acorralado, pero en realidad era ella la que acorralaba a su propia hermana.
—Te voy a matar —susurró con voz ronca, casi un siseo—. No vas a quedarte con Massimo. Tú… tú eres una perra, Massimo es mío, ¡lo amo!, ¡mío!
Alba sintió cómo el frío le calaba los huesos. Sus piernas temblaban, pero trató de sonar firme, aunque la g