Lía golpeó la mesa con tanta fuerza que la taza de café tembló y dejó una mancha sobre los documentos que tenía delante. Su respiración era agitada, sus uñas destrozadas y los ojos rojos por la rabia. El plan se le escapaba de las manos, y Massimo seguía sin contestar. No podía permitirlo.
Cuando por fin lo localizó, lo citó en su apartamento. Abrió la puerta con una sonrisa forzada y como si realmente las cosas estuvieran bien intentó besar al hombre que solo la apartó con un delicado empujón.