Alba no había dormido bien. La noche anterior, después de volver a leer cada palabra de aquel contrato, había sentido que algo en su interior se apagaba. No había llanto suficiente para sacar de su pecho el peso de lo que Massimo le había “exigido” por escrito. Ni siquiera sabía si dolía más el contenido o la frialdad de verlo firmado y sellado como si fuera un trámite cualquiera.
A primera hora de la mañana, antes de que los niños se despertaran, tomó el móvil y lo bloqueó en todas partes; que