Mundo ficciónIniciar sesiónErnesto insistió en invitarla a comer algo rápido. Alba, agotada pero con ganas de seguir riendo un rato, aceptó. El café era pequeño, con luces cálidas y olor a pan recién horneado. Ella hablaba de sus hijos y Ernesto la escuchaba con genuino interés, preguntándole cosas y riendo de las anécdotas más simples.
—¿Sabes? —dijo él, apoyando el codo en la mesa—. De verdad no mereces dejar que alguien arruine tu vida más tiempo, Alba —tomó su mano con cuidado—. Mereces que te miren como si