Alba acomodó la bufanda alrededor del cuello y miró la puerta del apartamento de Ernesto antes de tocar. Hacía dos días que se había desatado el caos y, desde que él se había declarado culpable para protegerla, la prensa le dedicaba titulares agresivos y su teléfono no dejaba de sonar con peticiones de entrevista.
Había aprovechado aquel tirón sin lugar a dudas, pero Alba sabía que la tormenta no había hecho más que empezar; así que necesitaba agradecerle de frente y también—aunque le pesara ad