Alba sintió el tiempo desmoronarse cuando la hoja resplandeció bajo la lámpara de la cocina. Lía, con los ojos inyectados y la respiración entrecortada, blandía el cuchillo como si fuese un cetro. Un instante después se lo pasó por la piel, dejando una línea roja que abrió su carne y soltó un chorro oscuro. El corte se extendió desde el codo hasta la muñeca, y Lía soltó una carcajada chirriante, como metal sobre cristal.
—¿Ves lo que me obligas a hacer?, siempre obligándome a ir a los extremos,