El amanecer del día siguiente fue incluso mejor que el anterior. Apenas había teñido de rosa las fachadas de Roma cuando Massimo abrió los ojos. Por un instante creyó haber soñado la noche anterior: el camino interminable hasta la colina, la puerta que se abrió sin preguntas, el temblor del reencuentro y el abrazo que selló silencios de años. Entonces sintió la mano tibia de Alba apoyada sobre su pecho y comprendió que todo seguía allí, latente y real.
No quería mover un músculo y romper el enc