Lía cerró la puerta de la suite con un portazo y quedó frente a Massimo como un torbellino rojo. Estaba furiosa, frustrada y molesta de haberlo encontrado tan tranquilamente charlando con Alba. La mujer sorbió por la nariz, mientras contenía las lágrimas en sus ojos con el rostro rojo de enfado.
—¡Tenemos que hablar, Massi! —le clavó el dedo en el pecho—. ¡Tenemos que hablar de nuestro hijo!, de cómo me abandonaste en Milán y de…
—Lía, no tengo nada que hablar y sobre ese embarazo, ¿le dices… n