Massimo se quedó de pie frente a la ventana del cuarto de hotel. La habitación estaba iluminada por la tenue luz del atardecer que se colaba por las cortinas. Lía estaba recostada en la cama, con las piernas cubiertas por una sábana blanca y los ojos fijos en él.
—Entonces… ¿ni siquiera te vas a quedar a cenar conmigo? —preguntó con un dejo de ironía—. ¿Vas a salir corriendo a buscar a tu "esposa despechada"?
Massimo giró apenas el rostro, con los labios apretados, odiaba mucho esa faceta de Li