Mucho rato después, tras casi dos horas caminando sin rumbo alguno y con el corazón en la mano, creyó que era momento de ir a casa y dar las desastrosas noticias. Sería imposible evitar lo inevitable, pero no se sentía preparada.
Caminaba por la vereda a paso lento cuando vio un taxi estacionado, esperando algún cliente. Sin pensarlo más, tocó la puerta y se subió.
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Víctor, el hombre que la seguía, corrió a su propio coche para intentar alcanzar al taxi, que terminó perdiéndose en medio del