Aquella noche apenas había podido pegar el ojo. Era el costo de no tener nada y necesitar todo. Era el precio para sobrevivir. Su cerebro trabajaba sin descanso, buscando ideas, posibles resultados; daba vueltas y vueltas a sus planes, pero nada resultaba. El tiempo era muy corto para extender sus tareas, pedir trabajar doble turno o la idea de emprender algo de producción propia, apenas estaba en casa para saludar y hacer la cena junto con su hermano.
Calculaba la sumatoria de sus jornadas y,