—¿Qué diablos te pasa? —le preguntó Valentino, disgustado con la mujer que tenía enfrente.
—¿Te enfadas conmigo? Deberías estar agradeciéndome que te abra los ojos —escupió aún con la ira encendida—. Hasta tu madre haría lo mismo y estaría de acuerdo con mis palabras.
—Cierra la boca, Fiorella.
—Ella es nadie para ti —dijo pasando por alto la mirada encendida del hombre—. ¿Por qué te empecinas con alguien así? Te ves como un...
—Si dices una palabra más, juro que haré que mis hombres te saquen de aquí —le advirtió, tomando la barbilla de la mujer.
—No puedes hacerlo, lo sabes.
—Pruébame.
—No te entiendo.
—No tienes que entender nada. Lo que haga, jamás será de tu incumbencia.
—Si quieres desahogarte, búscate una que no pida tanto y que no cause tantos problemas ni vergüenza.
—No entiendo tu mierda. Hablas de pedir y hasta ahora ella no me ha pedido nada; de hecho, no quiere nada de mí… —dijo, mirando hacia la puerta por donde había salido Kelly esperando que volviera aparecer por allí