Samyra no soportó pasar una noche más dentro del hospital.
Las paredes blancas, el olor a desinfectante y el sonido constante de los monitores le parecían insoportables.
Cada minuto que permanecía allí se sentía como una extensión innecesaria del dolor que ya llevaba dentro.
No quería más preguntas, no quería más miradas, no quería más nada que la atara a ese momento.
Con manos aun ligeramente temblorosas, solicitó el alta médica.
Los médicos intentaron advertirle sobre los riesgos, sobre la nec