Samyra descendió lentamente las escaleras de la villa.
Cada paso resonó suavemente en el silencio de la casa.
Cuando llegó al último escalón, Omar levantó la vista.
Y se quedó inmóvil.
Por un instante, olvidó incluso respirar.
El vestido plateado reflejaba la luz, envolviéndola en un brillo elegante y delicado. El velo caía sobre sus hombros con una suavidad casi etérea.
Pero no fue el vestido lo que captó su atención.
Fueron las cicatrices.
Aquellas marcas que recorrían parte de su piel.
Aquell