El beso no fue suave ni pedido. Fue una irrupción, un impulso desesperado que rompió cualquier barrera entre ellos.
Aníbal la tomó sin esperar respuesta, como si durante años hubiera contenido una verdad que ya no podía seguir negando.
Durante un instante, Elise no reaccionó.
Su mente se quedó suspendida entre la resistencia y el recuerdo.
Sus labios, traicionándola por un segundo, correspondieron con una suavidad involuntaria, como si su cuerpo recordara antes que su razón. El mundo alrededor d