El señor Mayer no tardó en llegar.
El sonido de sus pasos en el pasillo del hospital se sintió más pesado de lo habitual, como si ya supiera que no estaba entrando a una simple consulta médica, sino a una decisión que rozaba lo ético.
Cuando entró a la habitación, se detuvo un segundo al ver a Omar Al-Sabah.
El hombre seguía conectado a las máquinas, pero su mirada estaba despierta, afilada, demasiado consciente para alguien en su estado.
—Por favor… —dijo Mayer con tono controlado—. Samyra, déj