El aire dentro de la sala seguía cargado, como si la discusión anterior no hubiera terminado de disiparse del todo.
Nayla tenía los ojos fijos en Omar, intentando sostener una calma que ya no era natural. Había algo en su respiración, sutil pero evidente, que delataba el desgaste de la situación.
—¡Omar! —su voz salió más aguda de lo que pretendía—. Si no crees en mí, entonces acúsame. Ya no me importa. Hoy mismo me iré a Medina. Me iré y dejaré de ser un problema para ti.
El silencio se tensó a