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Samyra era la esposa perfecta de Omar Al-Sabah, lo esperaba como cada noche desde hace un año que se casaron, sentada sobre la cama, esperando que algún día, aceptara venir a dormir en su lecho.
Afuera, todos decían que su esposo la adoraba, la familia solía decir que eran una pareja nacida en el cielo, almas gemelas, pero la realidad, cuando la luz del sol daba paso a la Luna, era que, Omar nunca la tocaría.
Samyra intentó todo, pero nunca consiguió nada.
Nunca la tocaba. Nunca se quedaba en su lecho.
Y con el tiempo, ese detalle empezó a romper algo dentro de Samyra.
Al principio intentó entenderlo. Pensó que era trabajo, estrés, costumbres, cualquier cosa que tuviera sentido. Pero con los días, las excusas dejaron de servir. Ella empezó a sentirse invisible dentro de su propio matrimonio.
Antes de todo eso, Samyra no era así.
Había sido Samyra Hassan, hija del doctor milagroso Adil Hassan, un hombre respetado y brillante.
Creció con la idea de que sería como él, una médica importante, alguien que salvaría vidas lejos de todo lo que la había limitado en su país. De joven le prometió a su padre que se iría a Estados Unidos, que estudiaría medicina y que no volvería a depender de nadie.
Pero la vida no siguió ese plan.
Cuando su padre murió de forma repentina en un accidente de auto, Samyra regresó a Dubái sin pensarlo demasiado. Solo iba a quedarse un tiempo, solo para cerrar ese capítulo. Pero el destino tenía otros planes para ella.
Todo cambió el día del incendio.
Un coche estaba en llamas, la gente gritaba, nadie se acercaba. Había alguien atrapado dentro.
Sin pensarlo, Samyra corrió hacia el fuego.
No pensó en el peligro, solo en salvarlo. Logró sacarlo, pero el fuego también la alcanzó. Su brazo izquierdo quedó marcado por las quemaduras, y su pierna sufrió un daño que la dejó cojeando para siempre.
Cuando despertó en el hospital, lo vio a él.
Omar Al-Sabah.
Un hombre poderoso, frío en apariencia, pero que la miraba de una forma intensa, como si ella hubiera cambiado algo en su vida. Le dijo sin rodeos que se casaría con ella, que la cuidaría, que no la dejaría sola nunca.
Samyra se negó.
Quería volver a Estados Unidos. Quería su vida de antes. Pero Omar no la dejó ir.
No la obligó con violencia, sino con presencia. Siempre estaba ahí. Siempre aparecía. Siempre encontraba la manera de acercarse, de ayudarla, de cuidarla. Poco a poco, sin que ella lo notara del todo, fue rompiendo su resistencia.
Hasta que ella aceptó.
Pero antes de casarse, Samyra puso una condición.
—Si me caso contigo, tengo condiciones —le dijo.
Omar la miró sin dudar.
—Eres mi salvadora, Samyra. Lo que quieras.
Ella respiró hondo.
—No puedes casarte con otra. No quiero otras esposas. No quiero concubinas. Si me quieres a mí, solo me tendrás a mí. Y si algún día me traicionas… me iré y no me encontrarás nunca.
Él no dudó.
—Yo, Omar, solo amaré a Samyra. Serás mi única esposa.
Ella quiso creerle.
Y al principio, lo hizo.
Pero ahora, un año después, todo era distinto.
Esa noche, Samyra estaba sentada como siempre cuando escuchó un ruido raro afuera. No era el sonido habitual de la casa. Era más pesado, como pasos inestables.
Se levantó despacio y se acercó a la puerta.
Cuando la abrió, lo vio.
Omar estaba ahí. Borracho. Nunca lo había visto así.
Sus ojos estaban distintos, perdidos, como si no estuviera completamente consciente de lo que hacía. Antes de que ella pudiera reaccionar, él la tomó de la cintura y la empujó suavemente hacia la cama.
Cayeron juntos. Y la besó.
Fue un beso fuerte, inesperado, lleno de una emoción que ella no había visto en él antes.
Por un momento, Samyra sintió su corazón acelerarse, confundida, porque era la primera vez que él se acercaba así.
Sus labios bajaron lentamente hacia su cuello, y ella sintió un calor extraño recorrerle la piel, algo que la hizo cerrar los ojos sin querer. Por primera vez, él parecía… diferente.
Pero entonces ocurrió.
Cuando sus dedos rozaron su piel marcada por el fuego, Omar se detuvo de golpe.
Se quedó inmóvil.
Como si hubiera visto algo que lo sacó de ese momento.
Sus ojos cambiaron. Se volvieron más oscuros, más fríos.
Y en ese instante, Samyra sintió un vacío extraño.
No entendía qué pasaba, pero algo se había roto.
Ella lo miró, confundida, y en lugar de apartarlo, lo volvió a besar.
No quería perder ese momento. No quería volver a la distancia de siempre. Por primera vez en mucho tiempo, sentía que él estaba ahí, realmente ahí con ella.
Necesitaba que eso fuera real. Necesitaba creerlo.
Pero entonces él susurró algo. Un nombre.
—Nayla… mi amor…
Samyra se quedó completamente quieta.
El mundo dejó de moverse. El aire se sintió pesado.
Y por primera vez en todo su matrimonio, entendió algo que no quería aceptar.
Ese hombre… no estaba pensando en ella.







