Mundo ficciónIniciar sesiónSamyra estaba a punto de volver al salón principal cuando escuchó la voz de la abuela elevarse desde el despacho interior.
No era una conversación tranquila.
Estaban discutiendo.
Y algo en el tono de aquella mujer le heló la sangre.
—¡Aunque el Corán y la ley lo permitan, no estoy de acuerdo!
Samyra se quedó inmóvil en medio del pasillo.
La puerta estaba apenas entreabierta.
—Solo aceptaré esto si Samyra está de acuerdo —continuó la anciana con furia contenida—. Esa niña salvó tu vida, Omar. ¿Así piensas pagarle?
El corazón de Samyra dio un golpe doloroso.
Por un instante pensó en marcharse.
No escuchar más. Pero el miedo ya había comenzado a crecer dentro de ella como una sombra imposible de detener.
Se acercó lentamente.
Cada paso le pesó.
Entonces escuchó la voz de Omar.
—Abuela… lo hago por Nayla. Ella necesita ayuda. Necesita ser salvada.
Salvada. Aquella palabra le revolvió el estómago.
Luego escuchó un sollozo suave. Era Nayla.
—Te dije que era mejor que me olvidaras, Omar —susurró ella entre lágrimas—. La realidad es que nunca nacimos para estar juntos… aunque nos duela.
Samyra sintió un frío horrible recorrerle el cuerpo.
Había demasiada intimidad en esas palabras.
Demasiado dolor compartido.
Se acercó un poco más y entonces vio la escena a través de la abertura de la puerta.
Nayla intentaba alejarse. Pero Omar sostenía su mano.
Con fuerza. Como si tuviera miedo de perderla otra vez.
—No vas a irte —dijo él con firmeza—. Ya tomé una decisión.
La abuela negó con frustración.
—¿Y Samyra? ¿Qué hay de tu esposa?
Omar guardó silencio unos segundos.
Ese silencio dolió más de lo que debería.
—No hago esto por traición —dijo finalmente—. Tampoco por crueldad. Pero Nayla está sufriendo. Ustedes la conocen desde niña. Saben lo que ha vivido.
El abuelo habló esta vez, con voz grave.
—Aun así, sigues casado.
—Y jamás abandonaré a Samyra —respondió Omar rápidamente—. Nunca le faltará nada.
Aquella frase golpeó a Samyra de una forma extraña.
Nunca le faltará nada.
Sonó menos a amor… y más a responsabilidad.
Entonces la abuela volvió a hablar.
—¿Y qué opina Samyra de todo esto?
El silencio llenó la habitación.
Y antes de pensarlo demasiado, Samyra abrió la puerta.
—¿Acerca de qué debo opinar?
Las miradas se clavaron sobre ella de inmediato.
Nayla se tensó.
La abuela abrió los ojos con preocupación.
El abuelo soltó un suspiro cansado.
Y Omar… Omar bajó ligeramente la mirada.
Solo un instante. Pero Samyra lo notó.
Notó cómo se tensaban los músculos de su mandíbula.
Cómo apretaba las manos, cómo evitaba verla directamente.
Y un miedo horrible comenzó a crecer dentro de ella.
Porque de pronto sintió que ya sabía lo que venía.
Aunque todavía no quisiera aceptarlo.
El silencio se volvió incómodo.
Samyra observó a Nayla que seguía llorando.
Hermosa incluso así, frágil y delicada.
La mujer que Omar jamás había olvidado.
Entonces él respiró profundamente y caminó hacia Samyra.
Un paso. Luego otro.
Ella sintió deseos de retroceder, pero no lo hizo.
—Samyra… tomé una decisión.
Ella frunció el ceño. Intentando mantener la calma.
—¿Qué decisión?
Omar sostuvo su mirada esta vez.
Y aquello solo empeoró el miedo en el pecho de Samyra.
—Nayla quedó viuda hace unos meses —dijo finalmente—. La familia de su esposo quiere obligarla a casarse con el tío del difunto.
Samyra sintió escalofríos.
—Es un hombre de sesenta años —continuó él—. Violento. Cruel. Nayla ya sufrió demasiado durante ese matrimonio. No puedo permitir que vuelva a pasar por algo así.
Samyra miró a Nayla.
Ella bajó la cabeza lentamente, como si sintiera vergüenza.
Y por un momento… Samyra realmente sintió lástima por ella.
Porque aquello sonaba terrible, doloroso e injusto para una mujer tan joven.
Pero, aun así, algo dentro de ella seguía sintiendo miedo.
—Es una situación horrible —dijo Samyra suavemente—. Lo lamento mucho, señorita Nayla.
Nayla levantó la vista y le sonrió débilmente.
—Gracias.
Samyra volvió a mirar a Omar.
—Entonces… ¿quieres ayudarla económicamente?
Él negó. Demasiado rápido.
—No es tan simple.
El corazón de Samyra comenzó a latir más fuerte.
—Nayla vive en Medina. Su familia política no permitirá que vuelva sola a Dubái y quedarse aquí.
Samyra tragó saliva.
—Entonces… ¿vas a buscarle un esposo aquí?
Omar guardó silencio.
Y ese silencio fue suficiente para destruir algo dentro de ella.
Porque de pronto lo entendió, antes de escucharlo.
Antes de que él hablara.
Ya lo sabía.
Sintió las piernas débiles. El aire pesado. La mirada de la abuela llena de angustia.
Entonces Omar habló.
—He decidido casarme con Nayla.
Las palabras parecieron romper el mundo alrededor de Samyra.
Ella lo miró sin reaccionar.
Como si hubiera dejado de entender el idioma.
—Tomaré una segunda esposa —continuó él, intentando sonar tranquilo—. Es la única forma de protegerla.
Samyra sintió un zumbido extraño en los oídos.
No podía respirar bien.
Y, aun así, lo único que logró recordar… fue aquella noche.
La noche en que él le pidió matrimonio.
“Solo serás tú.”
“Jamás habrá otra mujer.”
“Te lo prometo.”
Sus propias palabras regresaron como cuchillos.







