Mundo ficciónIniciar sesiónLa mesa estaba llena de voces, risas suaves y copas que chocaban entre sí como si nada en el mundo pudiera romper esa armonía perfecta.
Samyra estaba de pie un poco al margen, sosteniendo una bandeja con té que ya se había enfriado en sus manos sin que ella lo notara.
Observaba la escena como si no perteneciera del todo a ella, como si estuviera viendo la vida de otra persona desde lejos.
Omar estaba allí, rodeado de hombres, conversando con naturalidad. Su presencia siempre imponía, incluso cuando no hacía nada. Y, sin embargo, había algo en la forma en que su familia lo miraba hoy que le dolió antes incluso de entender por qué.
—No mereces cargar con una mujer como ella —dijo de pronto Nassira, su hermana, con una risa ligera, como si hablara de algo trivial—. Eres tan atractivo, hermano, podrías tener a cualquier mujer… y te conformas con ella.
Algunas risas siguieron esa frase, pequeñas, cómplices, como si todos compartieran un secreto que Samyra no debía escuchar.
—Es cierto —añadió otra voz—. Y ella ni siquiera lo entiende, solo te hace sufrir. Tú mereces más.
Samyra sintió cómo sus dedos se tensaban alrededor de la bandeja, pero su rostro no cambió. No todavía.
Omar estaba en medio de ellos. No los detenía.
—Basta —dijo finalmente él, con una voz más baja, aunque no lo suficiente—. No hablen así de ella. Samyra es buena.
Por un segundo, Samyra sintió un alivio pequeño, casi automático. Pero fue débil, frágil, porque inmediatamente después alguien soltó una risa.
—¿De qué sirve ser buena? —dijo uno de los hombres, inclinándose hacia adelante—. Eso no te da nada en la vida… ni siquiera en la cama.
Otra risa. Más fuerte. Más cómoda.
—Ni siquiera puedes negar que es raro —añadió otro—. Tocar a una mujer así… llena de cicatrices y encima coja… no todos lo soportan.
El aire cambió.
No fue un silencio completo, pero sí uno pesado, incómodo, como si el mundo hubiera decidido mirar hacia otro lado por un momento.
Samyra sintió el golpe sin moverse.
No fue solo tristeza. Fue algo más profundo.
Algo que le apretó el pecho con una fuerza que no pudo ignorar.
Pero, aun así, respiró. Y dio un paso adelante.
Entró en la sala.
El sonido de sus zapatos fue lo único que cortó la conversación.
Las risas se apagaron de golpe.
Uno a uno, los hombres se pusieron de pie, como si de repente hubieran recordado las reglas de respeto que antes habían olvidado.
—¡Samyra! —dijo Nassira, con una sonrisa forzada—. ¿No te enseñaron a tocar antes de entrar? Por Allah, qué falta de educación.
Samyra dejó la bandeja sobre la mesa con cuidado. Muy despacio. Como si cada movimiento estuviera bajo control absoluto.
Luego los miró. Uno por uno.
Y sonrió.
—Lo siento —dijo con una calma casi dulce—. Pensé que no hacía falta anunciarse entre familia.
El silencio volvió a instalarse, pero esta vez era distinto. Más incómodo.
Nassira frunció el ceño.
—Solo estábamos bromeando.
Samyra inclinó ligeramente la cabeza.
—Ah, ya veo —respondió—. Entonces era una broma hablar de la discapacidad de una mujer. Qué interesante sentido del humor tienen.
Las miradas comenzaron a cambiar.
Ya no había risas. Solo incomodidad.
Samyra dio un paso más, sin prisa.
—También debe ser muy gracioso —continuó— hablar de fidelidad, de hombres que engañan a sus esposas… y de mujeres que terminan dejándolos cuando descubren la verdad.
El ambiente se tensó de golpe.
Uno de los hombres abrió la boca, pero no salió ninguna risa.
Solo silencio.
El más joven de todos, Anur, el mejor amigo de Omar se puso de pie lentamente, en el pasado él fue un infiel al que abandonaron. Su cara había cambiado por completo.
—¿Qué estás insinuando? —dijo, con voz dura.
Samyra lo miró directamente.
—Nada —respondió—. Solo estoy devolviendo las bromas. Pensé que estábamos en confianza.
El aire se volvió pesado otra vez.
Anur dio un paso hacia ella.
—No tienes derecho a hablar así.
Por primera vez, Samyra dejó de sonreír del todo.
—Curioso —dijo suavemente—. Cuando ustedes hablan de mí, es humor. Cuando yo respondo, es una ofensa.
Omar se movió finalmente. Su voz cortó el momento.
—Basta, Anur. Discúlpate con mi esposa.
El silencio se hizo más profundo.
Anur lo miró incrédulo.
—¿Disculparme? Ella me ha humillado delante de todos.
Samyra bajó la mirada un segundo, como si realmente estuviera considerando la situación, no desde el orgullo, sino desde una calma extraña, peligrosa.
Luego habló.
—No es necesario —dijo con tranquilidad—. No me ofendí. Solo respondí. Estamos a mano.
Sus manos estaban firmes, aunque por dentro todo era distinto.
Dio un pequeño paso hacia atrás.
Su pierna dolió.
Esta vez sí lo sintió. Pero no se detuvo.
—Si ustedes pueden reírse de mí —añadió sin levantar la voz— yo también puedo reírme de ustedes.







