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Capítulo: Lo que piensan de mí

Samyra sintió cómo Omar caía a su lado en la cama sin decir nada, como si el mundo entero se apagara con él.

Su respiración se volvió pesada, regular, indiferente. En cuestión de segundos, estaba dormido.

Y ella, en cambio, no podía moverse.

Se quedó mirando el techo, con los ojos abiertos, como si parpadear fuera a romperla del todo.

Un año de noches como esa, un año esperando algo que nunca llegaba, pero esta vez era distinto.

Esta vez dolía más, porque ya no había dudas suaves, solo una certeza fría creciendo en su pecho.

Omar pensaba en otra persona.

No era imaginación. No era inseguridad.

Era real.

Entonces, el teléfono de su esposo sonó.

Su mano tembló cuando tomó el teléfono de él, más por instinto que por decisión. No quería mirar, no debía.

En el fondo, una parte de ella suplicaba no hacerlo. Pero lo hizo.

Y el aire se le quedó atrapado en la garganta.

El mensaje estaba ahí, iluminando la pantalla como una sentencia.

“Las rodillas me duelen… después de tantas postraciones por el descanso eterno del señor Nasser… quisiera que estuvieras aquí.”

Samyra no entendió primero.

Leyó otra vez. Luego otra. Leyó el nombre del contacto.

Hasta que el significado le cayó encima como algo pesado, imposible de sostener.

El teléfono se deslizó de sus dedos y cayó sobre la cama.

Era Nayla.

Ese nombre apareció en su mente sin pedir permiso.

Y con él, algo más profundo empezó a romperse.

Un recuerdo incompleto, una explicación que no era suya pero que había escuchado sin querer, como si el destino hubiera querido que la entendiera demasiado tarde.

Nayla era el amor de la infancia de Omar, el compromiso que existió antes de ella, la humillación cuando ella lo dejó, el orgullo herido, el hombre que nunca volvió a mirar a otra mujer igual.

Todo encajó demasiado rápido, y cruel.

Y Samyra entendió, con una claridad dolorosa, que no había sido elegida. Solo había sido un reemplazo silencioso en una historia que no le pertenecía.

Se llevó una mano al pecho, pero no lloró de inmediato.

El dolor primero se quedó quieto dentro de ella, como si necesitara tiempo para volverse real.

***

Al día siguiente

Cuando Omar despertó, la cama estaba vacía.

Se quedó unos segundos mirando el espacio a su lado, pero no dijo nada. Se levantó y la buscó por la casa.

La encontró en la cocina.

Samyra estaba de pie frente a la estufa, moviendo las verduras con una calma que no parecía suya.

El sonido del aceite, el fuego, todo era demasiado normal para lo que ella sentía por dentro.

—Deja eso —dijo él al entrar—. Las empleadas pueden hacerlo.

Ella no se giró de inmediato.

—Estoy bien.

Su voz era suave. Demasiado suave.

Omar la observó un momento más de lo normal, como si intentara leer algo que no estaba ahí.

—Anoche… estaba ebrio —dijo finalmente—. Si hice algo…

Samyra cerró los ojos un segundo, apenas.

—No hiciste nada —respondió sin mirarlo—. Todo está bien.

Y siguió cocinando.

Pero nada estaba bien.

Sirvió el desayuno sin emoción, sin esa pequeña luz que antes intentaba mantener viva incluso en los días más difíciles.

Se lo entregó como si fuera un gesto aprendido.

Omar la miró mientras comía.

—Te noto extraña —dijo él al fin—. ¿Estás molesta?

Ella negó de inmediato, casi automática.

—Solo me duele la cabeza.

Una mentira pequeña. Una que no la delataba… todavía.

Él asintió, aunque su mirada no se relajó del todo.

—Hoy es el cumpleaños de mi cuñado. Vamos a ir.

Otro mundo, otra vida, otra versión de él donde ella siempre quedaba un paso atrás.

—Lo sé —respondió ella.

Antes de irse, él hizo una pausa.

—Te envié un vestido. Póntelo.

Y se fue.

***

El vestido llegó horas después.

Era hermoso, delicado y caro. Pero tenía mangas largas, incluso demasiado largas para el calor del día.

Samyra lo miró en silencio. Sus dedos rozaron la tela.

“Se avergüenza de mis cicatrices.”

La idea no fue un pensamiento completo, fue una sensación. Un golpe suave pero constante.

Respiró hondo y se lo puso.

Cuando Omar llegó por la tarde, la miró por un segundo.

No hubo palabras. Solo un asentimiento leve, como si aprobara algo que ya estaba decidido.

Tomó su mano. Y salieron.

Llegaron pronto a la gran mansión Al-Sabah.

La fiesta era luminosa, llena de voces, risas, lujo.

La familia de Omar ocupaba el centro de todo, como siempre.

Los abuelos la saludaron con cariño, y eso fue lo único cálido en todo el lugar.

Omar la dejó con ellos. Otra vez. Como si ese fuera su lugar natural.

Samyra sonrió, escuchó, respondió lo justo.

Pero su mente no estaba ahí. Estaba en el mensaje, en el nombre y en lo que no se había dicho durante un año entero.

Se levantó para llevar té al salón donde estaba Omar.

Caminó despacio, cuidando su pierna, intentando no llamar la atención.

Pero cuando se acercó a una puerta entreabierta, escuchó las voces.

Y se detuvo.

—Omar… ¿cuándo te vas a divorciar de tu esposa coja?

Risas. Un silencio breve.

Luego más risas.

—No mereces cargar con algo así.

El mundo de Samyra no se rompió de golpe.

Hasta que escuchó una voz.

—No puedo dejar a Samyra… me salvó la vida. Le debo todo. Y voy a pagar esa deuda toda mi vida.

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