Mundo ficciónIniciar sesiónSamyra salió del salón intentando mantener la espalda recta, aunque sentía que algo dentro de ella se había quebrado hacía apenas unos minutos. El ruido de las risas todavía seguía atorado en sus oídos, como si aquellas palabras se hubieran quedado pegadas a su piel.
Cada paso le dolía, no solo por su pierna, esta vez era distinto.
Como si todas las miradas, las burlas y la humillación hubieran vuelto más pesada su cojera.
Bajó lentamente una de las escaleras hacia el salón de la fiesta, apoyándose apenas en el barandal de mármol. Necesitaba aire. Necesitaba alejarse antes de que las lágrimas terminaran traicionándola.
Entonces sintió una mano sujetar su muñeca.
Se detuvo. No necesitó girarse para saber quién era.
—Samyra.
La voz de Omar sonó seria, confundida.
Ella respiró hondo antes de voltearse lentamente hacia él.
Omar la observaba con el ceño ligeramente fruncido, como si realmente no entendiera qué estaba pasando.
—¿Por qué estás actuando así? —preguntó—. Siempre eres tan tranquila, tan disciplinada… y hoy…
Samyra soltó una pequeña risa sin humor.
—¿Cómo estoy actuando hoy?
Él pareció incomodarse con la pregunta.
—Lo de allá dentro… —dijo finalmente—. ¿Estás molesta por lo que dijeron? ¿Qué es lo que escuchaste?
Ella sostuvo su mirada durante unos segundos.
Qué curioso era verlo preguntar eso después de haberse quedado callado.
—¿Qué parte exactamente quieres saber si escuché? —preguntó con suavidad.
Omar abrió la boca, pero no respondió de inmediato.
Samyra sonrió apenas, aunque sus ojos comenzaban a llenarse de lágrimas que se negaba a dejar caer frente a él.
—No importa, Omar.
Intentó soltarse.
Pero él no la dejó ir.
—Samyra, ellos son unos idiotas, lo sabes. Hablan sin pensar. Si quieres, dejaré de verlos. Puedo echarlos de la fiesta ahora mismo.
Ella lo miró en silencio.
Y por un momento, sintió algo parecido al cansancio.
Porque Omar seguía sin entender.
Creía que el problema eran las palabras.
No el silencio, no la forma en que él había permitido todo.
Samyra negó suavemente.
—No tienes que hacerlo —dijo—. Son tus amigos.
Él frunció más el ceño.
—Eso no significa que tengan derecho a faltarte al respeto.
—Pero aun así lo hicieron.
La frase cayó entre ellos con una calma peligrosa.
Omar guardó silencio.
Samyra bajó la mirada un instante antes de volver a hablar.
—Al final, las personas siempre terminan pareciéndose a quienes eligen tener cerca.
Él la observó fijamente.
Ella continuó:
—Los quieres, Omar. Te ríes con ellos, compartes tu vida con ellos… así que no tienes que fingir conmigo que todo esto te sorprende.
—Eso no es justo.
—¿No?
Por primera vez, algo en la voz de Samyra tembló.
Muy poco. Pero lo suficiente.
—Se burlaron de mí frente a ti. De mi pierna, de mis cicatrices. De mí como mujer. Y tú solo… estabas ahí.
—Intenté detenerlos.
Ella soltó otra sonrisa pequeña, triste.
—Muy tarde.
El viento movió ligeramente el vestido largo que cubría sus brazos y piernas. Omar la observó en silencio, como si quisiera acercarse, pero algo invisible se lo impidiera.
—No debiste responderles así —dijo finalmente—. Rebajarte a ese nivel no va contigo.
Samyra lo miró fijamente.
Y esta vez, el dolor sí apareció en sus ojos.
—Entonces, ¿qué querías que hiciera? —preguntó despacio—. ¿Lo mismo que tú? ¿Quedarme callada mientras insultaban a tu esposa?
Omar se quedó inmóvil.
Ella vio el momento exacto en que esas palabras lo golpearon.
Pero aun así… no respondió.
Y eso dolió todavía más, porque en el fondo, Samyra seguía esperando algo de él, una defensa, una explicación. Algo.
Pero Omar solo guardó silencio otra vez.
Entonces se escucharon voces dentro de la mansión, risas, pasos.
Y luego alguien anunció con entusiasmo:
—¡Nayla! Bienvenida.
Todo cambió.
Samyra sintió cómo la mano de Omar soltaba lentamente su muñeca.
No fue brusco. Fue peor, un movimiento natural, casi instintivo.
Como si su cuerpo hubiera reaccionado antes que él mismo.
Omar giró la cabeza hacia la entrada principal y por primera vez desde que la alcanzó, algo vivo apareció realmente en su mirada.
Samyra lo vio. Lo vio todo.
La tensión en sus ojos, la respiración contenida, la necesidad.
Y entonces él avanzó. Ni siquiera lo pensó.
Pasó junto a ella y caminó rápidamente hacia la entrada.
Hacia Nayla.
Samyra sintió que algo dentro de su pecho se hundía lentamente.
No necesitó perseguirlo, ni necesitó preguntar nada.
Pero aun así caminó detrás de él.
Y cuando finalmente levantó la vista, vio a la mujer que acababa de llegar… la mujer que su marido amaba.







