Samyra rompió el abrazo lentamente.
Por un instante sus dedos permanecieron aferrados a la tela de la kandura de Omar, como si una parte de ella se resistiera a soltarlo.
Pero terminó haciéndolo. Retrocedió un paso.
Sus ojos ardían.
Había pasado toda la noche preparándose para este momento, repitiéndose una y otra vez que debía ser fuerte.
Aun así, dolía.
Dolía más de lo que había imaginado.
—No quiero hacerlo, pero...
Su voz salió apenas en un susurro. Omar la observó en silencio.
Samyra lo con