Cuando Samyra y Omar regresaron de su luna de miel, parecía que la felicidad había encontrado, por fin, un lugar permanente en sus vidas.
La mansión, que durante años había sido escenario de lágrimas, discusiones y silencios dolorosos, ahora estaba llena de risas infantiles.
Los pequeños jugaban en la alfombra, gateando, bajo la atenta mirada de sus abuelos, quienes los consentían sin descanso.
Omar observaba la escena con una sonrisa tranquila mientras Samyra no podía evitar emocionarse al ver