Samyra salió del salón tan rápido como pudo. Sus pasos eran torpes, apresurados, casi desesperados, pero nadie intentó detenerla. Nadie preguntó si estaba bien. Nadie siquiera la miró al marcharse.
Y aquello le dejó claro, una vez más, lo poco importante que era para los demás.
Cuando atravesó las puertas de cristal de la mansión Al-Sabah, el aire fresco de la noche golpeó suavemente su rostro. El calor sofocante del día finalmente se había disipado, y aun así, ella seguía sintiéndose incapaz de