Samyra sintió que el dolor no venía en una sola ola… sino en capas, profundas, pesadas, imposibles de detener.
Primero fue el pecho.
Un golpe seco, silencioso, como si algo dentro de ella se hubiera agrietado sin romperse del todo.
Después el aire.
Más denso. Más difícil de atrapar.
Y finalmente la mente, que intentaba sostenerse a la fuerza en una sola idea: esto no está pasando.
Pero estaba pasando.
Frente a ella, Omar seguía ahí. Inmóvil por un instante, como si también necesitara tiempo para