El Palacio Real de los Jeques resplandecía bajo el cielo nocturno como una joya levantada en medio del desierto.
Miles de luces doradas iluminaban las cúpulas, los balcones y las enormes columnas de mármol blanco, haciendo que todo el complejo pareciera un oasis de lujo imposible de igualar.
Las fuentes danzaban al ritmo de la música instrumental que llegaba desde el gran salón de recepciones, mientras el aroma del incienso de oud, las rosas de Taif y el jazmín impregnaba el aire.
Aquella noche