—¿Samyra? ¿Estás bien?
La voz de Lewis la alcanzó como si viniera desde muy lejos.
Samyra parpadeó, todavía con la vista nublada. El aire frío del exterior le golpeaba la cara, pero no lograba despejarle el pecho.
Estaba apoyada cerca de la terraza, con los hombros tensos y las manos ligeramente temblorosas.
Se obligó a respirar. Una vez. Dos veces.
Y entonces giró.
—Sí… estoy bien —respondió, aunque su voz no sonó completamente firme.
Lewis la observó con atención. No era una mirada acusadora,