Después de haber compartido la tarde con Víctor, él me trajo a casa. Detuvo el auto frente a la entrada y, por un momento, ninguno de los dos dijo nada. Bajamos del auto; él se puso frente a mí.
Lo miré con una sonrisa suave acercándome a él.
—Gracias… por traerme y por entenderme. De verdad, espero que consigas a alguien que ocupe mi lugar en el club.
Él desvió la mirada por un segundo, pero luego volvió a fijarla en mí, más intensa.
—Rebeca… sabes que puedes contar conmigo —dijo con voz baja