– Rebeca Miller
Me quedé inmóvil unos segundos, aún con el teléfono en la mano. La voz del tal “señor Damián” seguía resonando en mi cabeza. Al menos ahora tenía un nombre… o eso decía llamarse. Miré la pantalla, el número oculto seguía ahí, como una provocación silenciosa.
¿Podría llamarlo? ¿Deberías hacerlo?
No... no quería que pensara que estoy desesperada. Aunque, en el fondo, lo estaba. Si ese hombre no invertía en la empresa, no sabía cómo seguir adelante. El banco ya estaba amenazando c