El trayecto desde la empresa hasta nuestra casa fue un borrón de luces de semáforos y asfalto gris. Charles conducía con una urgencia que rozaba la imprudencia, sus manos aferradas al volante con tanta fuerza que los nudillos se le veían blancos bajo la piel. Yo iba en el asiento del copiloto, con el teléfono apretado entre mis manos, revisando una y otra vez la aplicación de las cámaras de seguridad de la casa.
—No conecta, Charles —dije, mi voz temblando por primera vez—. Las cámaras no respo