Isabella
La casa está extrañamente silenciosa cuando regreso de la cocina. La luz de la tarde se filtra por las cortinas, dibujando sombras en las paredes, y siento una inquietud que no había tenido antes. Algo en la manera en que Ryan la mira, incluso cuando no está conmigo, me hace dudar de todo lo que creía cierto.
Me acerco al salón, y allí está el sobre que no esperaba: un correo electrónico impreso, dejado en el escritorio de la sala. Mi nombre escrito en letras cursivas, limpias, precisas. Lo abro con manos temblorosas y lo primero que veo me congela: fotos de Ryan y Leila, abrazados, besándose, como si todo el afecto que él me había prometido hubiera sido solo un teatro.
No puedo respirar. Cada palabra, cada gesto que he compartido con Ryan, se convierte en una mentira dolorosa. Las imágenes muestran encuentros en restaurantes, cafés, incluso su despacho en casa, lugares donde juró que éramos solo nosotros. Me cubro la boca para no gritar. Las lágrimas bajan sin control. ¿Un a